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domingo, 31 de mayo de 2009

SALAMINA: LA BATALLA

En la Antigüedad, los historiadores como Herodoto no solían hacer mucha referencia a la estrategia seguida por los mandos militares en las campañas. Su labor se limitaba más bien a recabar información de las fuentes directas, si tenían acceso a ellas, o de las indirectas, que a su vez, básicamente, recopilaban las historias de los protagonistas de los hechos que contaban, pero rara vez realizaban análisis crítico de las versiones recibidas, y menos aún de la documentación conservada.

La batalla de Salamina no iba a ser una excepción. El relato de Herodoto, el más extenso de los que han llegado a nosotros, es una colección de anécdotas personales de las que él mismo duda, en ocasiones:
"No estoy en realidad, tan informado de los acontecimientos, que pueda decir puntualmente que pueda decir de algunos particulares capitanes, ya sea de los bárbaros, ya de los griegos, cuánto se esforzó cada uno en la contienda" (Herodoto, 8, LXXXVVII)
Como todo el mundo puede comprender, al terminar una batalla sólo los vivos pueden dar su versión de los hechos, y así ocurre que "la historia la escriben los vencedores".

El caso más paredigmático de esta verdad, a pesar de formar en el bando de los derrotados, lo tenemos en el suceso de Artemisia, gobernadora de Halicarnaso que, según cuenta Herodoto, se vio muy apurada por la persecución de una nave ateniense y, al tratar de huir, embistió al trirreme del rey de Calinda, Damasatimo, mandandole al fondo del mar.

En la confusión de la pelea era a veces difícil ver quién era amigo y enemigo y, los atenienses que iban en persecución de Artemisia, viendo que había atacado la línea persa, la creyeron de su lado, o al menos pensaron que desertaba, y cesaron de darle caza. Pero, por si fuera poco, el rey Jerjes, al ver la furia con que aquella nave había embestido, preguntó a los consejeros quién era. Los consejeros no habían llegado a distinguir la insignia de la nave calcidense, tan rápido se fue a pique, pero conocieron, e informaron puntualmente, que el barco atacante era el de Artemisia. Jerjes, no pudiendo imaginar que la de Halicarnaso atacase otros barcos más que los de los griegos, dijo amargamente: "A mi los hombres se me vuelven mujeres, y las mujeres hombres" y, según Herodoto, la tuvo por aún más estimable.

La suerte para la reina, claro, estuvo en que no sobreviviera ningún tripulante de la nave hundida. Y, cosa aún más curiosa, Artemisia y Damasatimo, Halicarnaso y Calinda, habían tenido alguna pendencia tiempo atrás, por lo que todo el episodio resulta aún más confuso, y la verdadera causa de que Artemisia, al huir, abordase precisamente esa nave, nunca la conoceremos.
Bien. Comentada la dificultad de acudir a las fuentes antiguas para conocer la verdadera historia militar de una batalla, podemos hacer algunas conjeturas con la auda de un pequeño esquema de la batalla.

Los persas contaban con una clara superioridad numérica; las fuentes antiguas hablan de 1200 barcos, pero sin duda es una exageración, y quizás ese número se refiera a los efectivos de la flota íntegra, al comenzar campaña. Los historiadores modernos se inclinan a creer que la flota que tomó parte en la batalla de Salamina, por parte persa, pudo ser de unos 700 - 800 barcos. Que ya son.

Es falsa la idea extendida de la baja calidad de la flota persa. Algunas de las flotillas que seguían al Gran Rey eran excelentes, como los fenicios o los egipcios, pero estos últimos navegaban circunvalando la isla de Salamina para formar una pinza y rodear a los griegos. También la flota de los aliados griegos del Gran Rey era de una gran calidad. Sin embargo, otra cosa era la confianza que se podría depositar en la lealtad de algunos de los súbditos del rey: los griegos estaban allí, en gran parte, por la fuerza, y lo mismo se puede decir de los egipcios, que siempre consideraron a los persas como déspotas de quien intentaron liberarse.

Los súbditos de Jerjes más confiables, los propios persas y medos, y los originarios del Asia Central, tenían pocas cualidades marineras, y muchos de ellos no sabían nadar.
Los griegos tenían entre 360 y 380 trirremes, (Esquilo, que peleó en Salamina, dice que fueron unos 310; otros los rebajan aún más, como Hipérides, a 220, pero posiblemente sea conintención de ampliar la gloria de la victoria) de los que la mitad eran atenienses, y en número de efectivos le seguía Corinto, con 40. Esparta sólo aportaba 16.

El corazón de la flota, los trirremes atenienses, habían sido construidos en su mayor parte por consejo de Temístocles pocos años antes con la plata obtenida en las minas de Laurión, y en principio prensentaban mayor uniformidad, maniobrabilidad y manejabilidad que sus enemigos, lo que no fue poco importante para lo que se avecinaba.

Efectivamente, al entrar los persas en los canales de Salamina por el Sur, fenicios a la derecha, jonios a la izquierda, se produjeron embotellamientos, sobre todo en el ala izquierda, y los jonios se retrasaron.

Al parecer, los griegos comenzaron la acción retirándose un poco, sea por el lógico temor a iniciar la batalla contra fuerza tan temible, sea por táctica, para que el enemigo descompusiese su línea. Herodoto cuenta una historia que, según él, "circula entre los atenienses", que acusan a las naves corintias de abandonar la flota aliada y navegar hacia el norte en clara huida. Cosa que, claro está, niegan los corintios. Recordemos que, mientras Herodoto escribe sus libros, Corinto y Atenas están enfrentadas, y lo entenderemos todo.

El caso es que, separados los fenicios del resto de la flota persa, los atenienses, que estaban frente a ellos, bogaron a toda marcha y embistieron con tal ímpetu que la primera línea fenicia fue rechazada hacia atrás, chocando con la segunda y tercera líneas. Los barcos fenicios apenas podían moverse, colisionando entre ellos mismos, y los atenienses, con barcos más modernos, más pequeños, manejables y en mejor lugar para maniobrar, hundieron varias decenas de ellos en un santiamén.

Incluiremos aquí otra folklórica anécdota de Herodoto. Los capitanes de los barcos fenicios, que se habían salvado a nado, fueron a presentar sus excusas al Gran Rey, que contemplaba la batalla desde su trono y, con ese reflejo tan humano, trataron de echar la culpa a otro. Y, a ser posible, a otro que no estuviera allí. "Los jonios -dijeron- se han retrasado intencionadamente, no han presentado batalla, son unos traidores".

Quiso su mala suerte que los jonios habían llegado ya a la altura de los espartanos y otros barcos aliados y, al trabar batalla, algunas de sus acciones fueron bastante afortunadas, como la de una nave samotracia que logró dar cuenta de una ateniense y una egineta, lo cual, observado por Jerjes, le movió a descargar su ira contra los fenicios que tan sin motivo acusaban, y los ejecutó en el acto.

El caso es que, al final del día, la victoria estaba del lado griego sin paliativos. El fracaso persa había sido estrepitoso: habían perdido unos 200 barcos y los griegos sólo unos 40.

Aristides el Justo capitaneó un destacamento que desembarcó en la isla de Psitalea, en medio de los estrechos, que había sido ocupada por unos 400 persas (es la cifra que da Herodoto, aunque los autores modernos la ven un poco exagerada), en previsión que allí irían a parar muchos de los marineros de los barcos griegos hundidos. Todo salió al revés de lo planeado por Jerjes, y Aristides pasó a cuchillo a los persas que ocupaban el islote. Justo sí, pero no tonto.

Los restos de la flota persa regresaron, mal que bien, a su fondeadero de Falero. En su retirada fueron hostigados por los eginetas, pero no hay motivo para creer que les causaran mucho más daño, y el colorista relato que hace Herodoto de los ataques de Egina, hasta hacer de ellos los mejores luchadores de la batalla, suena un poco a euforia desmedida.

Pero, en realidad, si hacemos cuentas, la flota remanente persa aún era, en número, superior a todo lo que los griegos podían poner a flote. Su ejército no había sido derrotado en tierra; por el contrario, había capturado y destruido la mayor ciudad del enemigo. Jerjes, pese a la frustración de una derrota con la que no contaba, no se consideró derrotado en la campaña.

Ante él se abrían dos posibilidades: continuar la guerra o preparar cuarteles de invierno

SALAMINA: VÍSPERAS DE LA BATALLA



Tras la caída de las Termópilas, los espartanos habían dado por perdido el centro de Grecia. Sus planicies permitian maniobrar al inmenso ejército persa, y una resistencia, con toda seguridad, hubiera sido suicida para el ejército de los hoplitas griegos. por consiguiente, se retiraron al istmo de Corinto, donde construyeron una muralla para impedir el paso a la península a las tropas del Gran Rey.

Tras cubrir la evacuación de todos los atenienses que aceptaron, la flota griega fondeó en la costa oriental de Salamina, (A) mientras el Estado Mayor griego debatía la estrategia a seguir.

Hacia septiembre la muralla, construida a marchas forzadas, casi estaba concluida. Un istmo de 6 kilómetros, amurallado, y defendido por varias decenas de miles de hoplitas e ilotas, podía ser prácticamente inexpugnable, y el Gran Rey no podía alimentar a su monstruoso ejército indefinidamente. Recordemos, además, que los atenienses huidos de la ciudad -incluidos los hombres en edad de pelear que no formasen parte de la flota- que iba a ser tomada por los persas, se habían refugiado, parte en Salamina, parte en Treceno, más allá del istmo, protegidos pues por la muralla.

Por lo tanto, el plan del espartano Euribíades, el almirante de la flota griega, con la mayoría de los demás aliados, excepto los atenienses, no era descabellado: retirarse al Peloponeso, tras la inexpugnable muralla y defender, con la flota, sus costas, evitando un desembarco. Se contaba también con las difíciles condiciones meteorológicas y lo peligroso de los arrecifes y acantilados, para tener una oportunidad de resistir hasta que el gran Rey considerase más beneficioso para sus intereses retirarse que continuar con la guerra.

Pero, como es lógico, a los atenienses no les hizo ninguna gracia esta propuesta. Entregaba completamente en manos de los persas su ciudad. Los atenienses, sin patria, serían asimilados por otras ciudades estado y, con el tiempo, ni la memoria quedaría de la orgullosa Atenas.
"Si es así, le dijo, que esos una vez se partan de Salamina con sus naves, adios, ya no habrá más patria por la cual pelear" (Herodoto, VIII, 57)
Esto es algo que los nobles atenienses no estaban dispuestos a tolerar, y menos aún desde el momento en que sus navíos asumían el mayor esfuerzo de toda la flota. Según Herodoto, unos 180 trirremes, de 378, eran suyos. Aunque se discutan las cifras de Herodoto, no cabe duda de que no están muy alejadas de la ciudad, y en todo caso los atenienses aportaban más o menos la mitad. Conscientes de ello, los atenienses se negaron a seguir el plan de Euribíades, y amenazaban con retirar las naves y entablar inmediatas negociaciones con los persas.

No hay que tomarse ésto como una traición; por aquel entonces, aunque los griegos se veían así mismo con una característica distintiva frente a los extranjeros, estaban lejos de formar una unidad política y, de hecho, tan sólo cincuenta años después de Salamina y Platea, los persas volverían a intervenir en los asuntos griegos y, con su oro, serían el árbitro político de la pugna por la hegemonía.

Herodoto, fiel a su estilo, adorna los hechos con discursos y con anécdotas. Es muy conocido el relato de la estratagema de Temístocles que, para asegurar quelos griegos no pudiesen retirarse al Peloponeso, supuestamente envió a un hombre llamad Sicinno para avisar a los persas de la inminente retirada de la flota helena bordeando el norte de la isla, por el canal entre Salamina y Megara, a mar abierto. Los persas respondieron avanzando desde Falero, donde estaban fondeados, hasta la entrada de los estrechos de Salamina, (B) ocupando una isla diminuta, pero de alto valor estratégico, llamada Psitalea (D) mientras que un escuadrón de 200 barcos egipcios rodeaban la isla por el sur para cortar la retirada griega (C).

Historiadores posteriores han desacreditado esta versión, y piensan que puede ser un añadido tardío. Pero, curiosamente, si bien en nuestros tiempos esta historieta era valorada como positiva para Temístocles, de quien se ensalzaba su astucia, la invención, si tal fue, se debió a un enemigo de Temístocles, que la hizo circular para mancillar su nombre, echándole en cara sus negociaciones con los persas.

En todo caso, no parece que fuera necesario el truco de Temístocles para que los persas avanzaran y actuaran así. El ejército había entrado en una Atenas casi abandonada, y se había entregado al pillaje y la destrucción. Apenas unos cuantos cientos de ciudadanos, que se habían refugiado en la Acrópolis confiando en sus murallas de madera (según Herodoto, habían interpretado el oráculo de "Zeus... concederá a Tritogenia un muro de madera" equivocadamente) y perecieron en el incendio y asalto posterior).

Jerjes debió considerar que había asestado un mazazo definitivo a los griegos y, sin necesidad de que nadie le advirtiese, sabedor de que los espartanos construían un muro en Corinto, debió imaginar que los griegos trataban de refugiarse tras él. Gran parte de los atenienses estaban refugiados ya en el Peloponeso, en Treceno, así que la retirada de la flota y del resto de los atenienses que se habían refugiado en Megara, era lo más lógico, a no ser que se considerase la rendición.

Además, si observamos la estrategia persa, vemos que ya la había utilizado en Artemisio. Allí, también, el mismo escuadrón egipcio había rodeado la isla de Eubea con intención de capturar en una pinza la flota griega, pero tras la caída de las Termópilas, la flota aliada se abía retirado. Es absolutamente lógico que, ante una situación parecida, Jerjes intentase la misma jugada, que tenía todos los visos de poder darle una sonada victoria.

Temístocles trató de convencer a Euribíades y el resto de jefes griegos utilizando, además de la amenaza, el argumento de que la flota griega tenía muchas más posibilidades de vencer si luchaban en un lugar como Salamina, donde la superioridad numérica persa valía de poco, y la maniobrabilidad de los trirremes griegos podía dar la sorpresa, como así fue.

Pero, sin duda, lo que más pesó en el ánimo del almirante griego y los demás jefes fue la posibilidad de que los atenienses retiraran su flota, decisión, además, contra la que difícilmente podían hacer nada a la fuerza. Sus propios barcos, unidos, apenas llegaban a igualar en número a los de su aliado, sus marineros, en general, eran menos experientados, y de todos modos un enfrentamento fraticida hubiera desencadenado exactamente la misma catástrofe que pretendía evitar.

Porque, en realidad, con lo que amenazaba Temistocles era con algo más que con una desercion que obligase a ceder el paso a los persas, y a una retirada más o menos honrosa. El bloqueo del istmo sólo se podía mantener si la flota guardaba las costas peloponesas. De lo contrario, se produciría el desembarco de tropas persas detrás de los defensores de la muralla levantada durante aquellos meses, y los espartanos y aliados se verían atrapados entre dos fuerzas y aniquilados. Como en Termópilas.

Con trescientos trirremes, y la ventaja de las costas de la península del Peloponeso, que eran difíciles de acostar y más conocidas por sus propios habitantes que por los invasores, los defensores podrían tener una oportunidad. Con apenas doscientos, que sin duda serían muchos menos por las deserciones de quienes verían el campo perdido (los propios espartanos aportaban sólo 16 naves), no la tenían.

Mientras toda esta discusión se planteaba entre los aliados, llegaron noticias de la destrucción de la Acrópolis con la muerte de quienes en ella se habían refugiado. Evidentemente, ello no hizo más que reforzar la posición inflexible de Temistocles. Herodoto se hace eco de discusiones en las que, curiosamente, los rivales de Temístocles usan contra él la pérdida de su ciudad Estado. Para los griegos, los atenienses empiezan ya a ser unos apátridas, y Adamanto el Corintio le acusa de procurar para el resto de la Grecia la desgracia que ya ha sufrido su ciudad. Cuesta creer que este episodio ocurriese tal y como lo cuenta Herodoto. Más adelante, el Padre de la Historia difama a los corintios acusándole de intentar huir del campo de batalla, por lo que es posible que mientras Herodoto escribía Corinto y Atenas (patria de acogida del historiador) estuviesen enfrentados por alguna querella importante, y dejarlos como desalmados y cobardes fuese una manera de atraerse las simpatías de sus anfitriones.

Evidentemente, aquello tenía que llegar a un fin. Los persas se acercaban, y los griegos supieron de ello por dos conductos. En primer lugar, un ciudadano llamado Aristides el Justo, rival político de Temistocles, llegó desde su exilio de Egina a la Asamblea informando que la flota persa rodeaba ya la isla, y que la retirada sin plantar batalla no era ya posible. Testimonio impactante y decisivo para cualquier ateniense, tanto por la fama de integridad personal de Aristides como porque se trataba de el mayor enemigo político de Temístocles, no bastó para convencer del todo a Euribíades y los corintios (que, con 40 barcos, eran la segunda flota mayor del bando aliado), pero la llegada de una galera de Leno, en Tenos, mandada por un tal Panetio, que había formado con los persas pero ahora desertaba de ellos, les acabó de convencer. Panetio conocía el plan de los persas e informó a Euribíades.

Nada quedaba ya por decidir. Al alba del día de la batalla (hay dificultades para fechar exactamente Salamina; tradicionalmente suele fijarse el día 22 de septiembre, pero algunos la posponen al 23, e incluso al día 29) Jerjes toma asiento en su trono, situado en un lugar elevado del continente, frente a la isla, por encima de Psitalea, donde un escuadrón de élite de sus hombres había desembarcado, con la idea de ayudar las maniobras de sus compañeros, rematar a quienes fueran a parar al islote, y eventualmente desencadenar un ataque a la isla formando una cabeza de puente, tras la victoria.

La flota griega se dispone en formación de batalla, de cara al Heracleo, en el Ática, los atenienses a la izquierda y los de Egina y los espartanos, la derecha.

Los persas se desplazan y se disponen a entrar en los canales, en una formación de tres filas: en su ala derecha los fenicios, a la izquierda los jonios, el resto del contingente por el centro.

La batalla va a comenzar.

domingo, 22 de marzo de 2009

479 A. C. LA OLVIDADA PLATEA (I): JERJES VUELVE A CASA... POR NAVIDAD

Todos sabemos que en la Historia, por lo general, son los vencedores los que nos hacen llegar su versión.

Exageran el poder del enemigo vencido, disminuyen el suyo propio (antes de una batalla) o aumentan lo logrado en tiempos de paz, dan sus razones para obrar como lo hicieron, y deslizan maliciosas insinuaciones o anécdotas vergonzantes a expensas del enemigo.

Pero, también, quien domina la fuente de información, puede hacer resaltar su importancia frente a la de sus aliados; o presentar sus razones como más nobles.

En el caso de las Guerras Médicas, cuyo principal historiador, Heródoto de Halicarnaso, presenta una sospechosa inclinación hacia su patria de nacimiento, así como a su patria de agogida, Atenas. Como, por otra parte, el centro historiográfico de la Grecia clásica y Antigua fue, por mucho tiempo, la propia Atenas, nadie disputó muchas de las nociones que nos llegaban del "Padre de la Historia"

Así, por ejemplo, durante muchos siglos se ha enseñado, a los estudiantes, la importancia de Salamina como batalla que hundió el poderío persa en la II Guerra Médica, acompañando a Termópilas como hito heroico y simbólico, y se ha minimizado la importancia de Platea, que prácticamente se consideraba una batalla menor, en el que un ejército de hoplitas habían derrotado a los restos del ejército de Jerjes, desmoralizados y casi vencidos antes de empezar. La realidad, como veremos ahora, es muy otra.

Situémonos al día siguiente de Salamina. Eso sería, se cree, el 24 de Septiembre de 480 A.C. La flota persa, desde luego, había sufrido un durísimo castigo, y es razonable pensar que había perdido aproximadamente la mitad del poder naval con el que vino a Europa. Es decir, si creemos a los historiadores de la antigüedad (Heródoto, Diodoro, Éforo, Plutarco, etc) y teniendo en cuenta que parte de las pérdidas habrían sido reemplazadas por flotas de Tracia e islas de alrededor, es razonable pensar que el Gran Rey podía contar aún con cerca de 600 barcos de guerra en la zona. Eso sobrepasaba, sobradamente, los 300 o 350 barcos de la Liga Panhelénica, aunque podemos imaginar que los persas salieron escocidos de sus batallas navales con los griegos y no tendrían muchas ganas de volver a probar espolones.

Otra cosa muy distinta es el ejército de tierra. Sin pensar en la millonada que nos ha hecho llegar Heródoto, lo cierto es que el número de efectivos infundía pavor a sus enemigos, y en su camino hasta el ática había ido subyugando, una por una, a las ciudades al paso. la escaramuza de Termópilas, por desproporcionado que fuera el esfuerzo que hubo que hacer para vencer a Leónidas, no supuso ningún daño de consideración.

Tenemos, pues, un ejército invicto (por el momento) y una flota seriamente dañada, pero aún superior en efectivos a la de los griegos.

Heródoto, aquí, nos cuenta que a Jerjes le entró pánico a que los griegos cortasen el puente de barcas que había construido sobre el Helesponto, quedarse aislado en territorio griego continental, y perderse él y todo el ejército, y se volvió a Susa, dejando a Mardonio al mando de parte de las tropas.

"De miedo, pues, que tuvo de no verse a peligro de perecer cogido así en Europa,
decidió la huida" (Herodoto, VIII, XCII)

Sin embargo, ni Jerjes era ningún cobarde, ni había motivo para perder los nervios por el resultado de la invasión. Desde el punto de vista de los persas, la flota no había cumplido las expectativas, pero el ejército había conseguido unos logros evidentes. Había invadido el territorio enemigo, conquistando y sometiendo las ciudades estado del norte y centro de Grecia, hacía derrotado y dado muerte a uno de los reyes del estado cuyo ejército era más temible (a costa de pérdidas más altas de lo esperado, cierto, pero insignificantes si las comparamos a las cifras totales de su ejército) y había tomado y destruido la otra ciudad-estado que comandaba la resistencia. Tampoco estaba tan mal.
El futuro no se presentaba tampoco negro, ni mucho menos, aunque precisaba de una cuidadosa valoración.
Salamina no destruyó el poder de los persas, pero sí tuvo una importantísima consecuencia: impidió a los persas el desembarco e invasión del Peloponeso. Efectivamente, como veremos en otra entrada del blog, la derrota griega en Salamina hubiera tenido como consecuencia fundamental (aparte de la pérdida de la flota) la posibilidad de desembarco en el Peloponeso, burlando el muro que trabajosamente se había levantado en el istmo de Corinto. No trabar combate el combate naval hubiera dado una ventaja a los persas: la de poder elegir el lugar y la fecha del desembarco, siendo muy difícil que las naves griegas, muy inferiores en número, pudieran patrullar toda la península y evitar el acercamiento a las costas

Con la derrota, la flota persa seguía siendo un peligroso enemigo en mar abierto, pero, muy mermada su superioridad númérica, y conocido ya el potencial marinero de los helenos, resulta comprensible que no se aventurasen a una operación de desembarco en unas costas traicioneras, que sus enemigos conocían mejor que ellos.
Sin el desembarco, la alternativa era que el ejército de tierra, tomase la muralla de 6 kilómetros que se había construido a lo largo del istmo. Si pensamos en las pérdidas persas ante Leónidas, entendemos también que Jerjes contemplara con cierta reticencia la idea de dar el asalto a unas fortificaciones defendidas por varias decenas de miles de hoplitas.

No por ello le entró el pánico ni se estuvo ocioso. Heródoto, aunque lo achaca a disimulo, cuenta:

Pero no queriendo que nadie ni de los griegos ni de sus propios vasallos penetrase sus designios, empezo a formar un terraplén hacia Salamina, y junto a él mandó unir puestas en fila unas urcas fenicias, que le sirviesen de punte y de baluarte como si se dispusiese a llevar adelante la guerra y dar otra vez batalla naval.

Que era, con toda seguridad, lo cierto. Heródoto conocía poco de estrategia y táctica militar, y su visión de la Historia estaba muy mediatizada por su origen griego y jonio del Asia Menor, pero no era Jerjes hombre para retirarse presa del terror. Tampoco la razón que da Heródoto del pánico del Gran Rey (ser destruido el puente de barcas por los griegos, y perecer con todo su ejército en Europa) es plausible. De hecho, al año siguiente el puente había sido destruido por las inclemencias del tiempo, lo que no impidió a los restos del ejército de Mardonio cruzar por Bizancio. Y si los griegos hubieran destruido el puente tras Salamina, antes hubieran perecido de hambre todos los pobladores de la Grecia continental que el poderoso ejército persa. Acuartelados, hubieran exigido alimento a las polis de la región, y tras agotar sus víveres, sin duda hubieran mudado de campamentos.

El caso es que parece ser que Jerjes se planteó construir un puente entre tierra firme y la isla de Salamina, donde se habían refugiado parte de los atenienses (buena parte de ellos, hombres en edad de luchar que no iban en la flota), cuya captura hubiera supuesto un duro golpe a la resistencia. Y, al parecer, también, ordenó alistar a la flota, con el contingente egipcio que había dado la vuelta por el sur de Salamina, con idea de continuar la lucha.

Sin embargo, sus hombres le hicieron desistir del empeño, por el momento. Se encontraban ya en otoño, y la construcción de un puente de barcas era empresa muy sujeta a riesgos, sobre todo las frecuentes y violentas tormentas, y la existencia de una flota griega, llena de moral de victoria, que sus propios trirremes no estaban seguros de poder controlar.

Por lo tanto, Jerjes se decidió a acuartelar el ejército para pasar el invierno. Sin duda consideraba que había dado un severo escarmiento a los griegos, apoderándose de gran parte del territorio enemigo, y pensaba continuar al año siguiente la pacificación de la Grecia sometida y la conquista del Peloponeso. Pero ¿hacía falta que Jerjes pasase allí el invierno? Sin duda, para las tareas que restaban en Grecia, debió creer que era suficiente con su capaz lugarteniente Mardonio. Por la experiencia que tenía de los griegos, siempre prontos a pelear entre ellos, Jerjes seguramente creyó que la Confederación Panhelénica no duraría mucho tiempo.
Por otro lado, la ausencia del Gran Rey de su capital traería, sin duda, graves consecuencias. En 481 A.C. Jerjes había tenido que reprimir una sublevación en la levantisca Babilonia, y de hecho en 479 A.C., es decir, al año siguiente, la rebelión volvió a latir con fuerza. Es muy probable que el Gran Rey considerase más necesaria su presencia en el centro de su imperio. Así que se dirigió con parte de su ejército a Asia, dejando a Mardonio acampado en Tesalia y Macedonia.

Mardonio no estaba dispuesto a enfrentar su fuerza contra la muralla de Corinto, protegida por los combativos peloponesios. Se conocían por entonces los arietes, como queda de manifiesto por algunos relieves asirios, pero su uso era sumamente arriesgado contra tropas disciplinadas como los espartanos, y menos aún cuando no se trataba de una muralla de ciudad, sino de campo abierto.

La opción preferida fue intentar romper la unión de los griegos. Los atenienses, que habían vuelto a su destruida ciudad, recibieron al rey de Macedonia, Alejandro (no el Magno, evidentemente) quien transmitió la oferta de Mardonio en caso de abandonar la Confederación: reconstrucción de la ciudad por cuenta del Gran Rey, mantenimiento de su territorio y aún ampliarlo con aquellos territorios que pidiesen al Rey.

Los atenienses no se hacían ilusiones, pues una paz momentánea hubiera terminado, sin duda, con una sumisión futura a Persia, pero las negociaciones y el tira y afloja que siguió permitió a los atenienses informar de lo que ocurría a los espartanos, y comunicarles que si no atravesaban el istmo para defender el Ática, Atenas no tendría más remedio que pactar con Mardonio.

En el interín, el general persa volvió a ocupar Atenas, de nuevo evacuada, y el Consejo, de nuevo refugiado en Salamina, hizo saber a Esparta que no podía esperar más. O recibía ayuda, o Atenas -con la flota- se pasaba al enemigo.

A Pausanias -regente en nombre del hijo de Leónidas- se le planteaba una interesante (por decir algo) disyuntiva: los espartanos tenían una repugnancia, casi diríamos instintiva, a llevar el ejército fuera de su polis, y Leotiquias ya estaba fuera con la flota que más adelante bloquearía Micale. Además, la superioridad numérica y la caballería persa encontrarían un terreno mucho más propicio al norte del istmo, dsonde había planicies adecuadas para su depliegue, que en los angostos pasos del Peloponeso, que ellos conocían mehjor.

Pero, por otro lado, la defección ateniense, y la unión de la flota al bando persa, o al menos su neutralidad, dejaría abierta la costa al desembarco del enemigo, con las gravísimas consecuencias que podemos imaginar.

Como hemos visto, Salamina no había sido la batalla definitiva que, posteriormente, la propaganda ateniense presentó. En términos televisivos, la situación se presentaba más que interesante. En términos deportivos, la partida estaba abierta.