"No estoy en realidad, tan informado de los acontecimientos, que pueda decir puntualmente que pueda decir de algunos particulares capitanes, ya sea de los bárbaros, ya de los griegos, cuánto se esforzó cada uno en la contienda" (Herodoto, 8, LXXXVVII)
domingo, 31 de mayo de 2009
SALAMINA: LA BATALLA
SALAMINA: VÍSPERAS DE LA BATALLA
"Si es así, le dijo, que esos una vez se partan de Salamina con sus naves, adios, ya no habrá más patria por la cual pelear" (Herodoto, VIII, 57)
Además, si observamos la estrategia persa, vemos que ya la había utilizado en Artemisio. Allí, también, el mismo escuadrón egipcio había rodeado la isla de Eubea con intención de capturar en una pinza la flota griega, pero tras la caída de las Termópilas, la flota aliada se abía retirado. Es absolutamente lógico que, ante una situación parecida, Jerjes intentase la misma jugada, que tenía todos los visos de poder darle una sonada victoria.
Pero, sin duda, lo que más pesó en el ánimo del almirante griego y los demás jefes fue la posibilidad de que los atenienses retiraran su flota, decisión, además, contra la que difícilmente podían hacer nada a la fuerza. Sus propios barcos, unidos, apenas llegaban a igualar en número a los de su aliado, sus marineros, en general, eran menos experientados, y de todos modos un enfrentamento fraticida hubiera desencadenado exactamente la misma catástrofe que pretendía evitar.
miércoles, 25 de marzo de 2009
VA UN BEOCIO Y DICE... LA DESTRUCCIÓN DE TEBAS (II)
e a ello, Alejandro no pretendía la destrucción de la ciudad, y por ello aparcó sus tropas ante las murallas pacientemente, mientras en el interior se sucedían los debates, confiando en que los pacifistas lograrían imponerse. Ya queda dicho que todos los autores refieren que muchos notables tebanos abogaban por hacer las paces con los macedonios, y quizás al final lo hubiesen logrado de no ser por el ataque de Pérdicas, que precipitó todo. Los asustados atenienses, pese a que Demóstenes (que debía temer un castigo tartárico si caía en manos de Alejandro) clamaba por la resistencia a ultranza, pidieron la paz a gritos. Se interrumpieron los misterios de Eleusis para mandar una comisión, formada por los prohombres menos antimacedonios que pudieron encontrar en Atenas, para ¡felicitar a Alejandro por sus triunfos en Tracia y ante Tebas!
Alejandro les recibió bien, (aunque comentan que la primera nota de abyecta felicitación la había arrojado al fuego furioso, pues era Magno, pero no tonto) y se portó con ellos con generosidad. Incluso perdonó a Demóstenes, favor obtenido por los comisionados, y concedido por Alejandro, y que obviamente no era merecido. El regente Antípatro debió pensar que se había vuelto loco. Sin embargo, con la perspectiva de los años, no cabe duda de que Alejandro tenía razón:
VA UN BEOCIO Y DICE... LA DESTRUCCIÓN DE TEBAS (I)
Un punto que haré notar, aunque no es más que una elucubración, es que la escena de la huida de Pausanias, el asesino de Filipo, es descrita como un intento de llegar hasta “los caballos”. ¿Había más de un conspirador? ¿Pretendían asesinar también a su heredero, lo que llevaría con toda seguridad a una guerra civil en Macedonia?
Por otro lado, si los instigadores fueron Demóstenes o Persia tendría su lógica, aunque no tiene nada de seguro, pues ambos poderes subvaloraban catastróficamente a Alejandro, como se vio en seguida. En todo caso, si los instigadores no consideraban necesario sesinar a Alejandro, pudo ser una exigencia de Pausanias, que bien conocía el potencial de Alejandro, y sin duda no querría correr el peligro de dejarlo vivo.
Bien, el caso es que Alejandro fue proclamado rey y se encontró con un montón de problemas todos a la vez: Grecia denunció el tratado firmado bajo Filipo, Tesalia se sublevó, el norte (ilirios, triballos, tracios...) también, y la parte del ejército macedonio que operaba en Asia Menor al mando de Atalo (el suegro de Filipo, con el que una vez Alejandro llegó a las manos) amenazaba con volver a Pella, como luego tantas veces harían las legiones romanas, y se carteaba con Demóstenes para formar una alianza.. El otro general, Parmenión, no era sospechoso de traición.
Alejandro se aseguró el trono juzgando y ejecutando (los nobles macedonios tenían derecho a juicio) a varios nobles que podían disputarle el trono. Ignoramos si las pruebas contra ellos eran firmes o no, pero lo cierto es que la purga no fue indiscriminada: salvó a su hermanastro retrasado Arrideo, y a Alejandro de Lincestis, que se había apresurado a aclamarle rey.
Y lo cierto es que desprenderse de los competidores al trono era lo habitual en la sucesión de los monarcas macedonios y no extrañó a nadie.
De hecho, varios de los nobles condenados podían presumir de tener más sangre “azul” que Alejandro, pues éste era medio epirota, como ya sabemos. Amintas, por ejemplo, primo de Alejandro, era realmente heredero al trono hasta que Filipo suprimió a su padre.
En fin, la sucesión macedonia era lo suficientemente enmarañada como para que nadie se extrañara de que Alejandro suprimiera a varios rivales (y posiblemente, algunos de ellos realmente conspiraban contra él). En todo caso, la condena fue tras juicio y los nobles macedonios aceptaron tal proceder.
De acuerdo con sus consejeros, se decidió que no podía reclamar a Atalo que se presentase a juicio (se sublevaría con su ejército) y se remitió un agente llamado Hecateo para que lo hiciese prisionero o matase).
Cuando llegó, mientras esperaba una oportunidad, Atalo se enteró de los éxitos de Alejandro, la cobardía de Demóstenes, y la fidelidad de Parmenión al hijo de su rey Filipo, y mando emisarios a Alejandro para someterse. Curiosamente, Hecateo no se había enterado de esto y mató a Atalo.
Dos puntos interesantes en este hecho:
- Hecateo, al parecer, mostró una orden a Parmenión en la que Alejandro se atribuía las instrucciones para lo que había hecho, cosa que Parmenión acató sin rechistar (comprobamos, como lo haremos muchas veces en la vida del macedonio, que a Alejandro le repugnaba actuar con doblez, matar a escondidas y sin dar explicaciones); y
- como ya he dicho, el hijo o pariente más próximo de un asesinado, según las leyes no escritas macedonias, contraía una deuda de sangre que no terminaba hasta haberse vengado del homicida; es un punto muy importante porque explica algunos de los hechos que posteriormente se atribuyeron a locura o a maldad, de Alejandro, debido a la Leyenda Negra que levantaron los atenienses contra él.
Tan importante era la deuda de sangre entre las naciones de la antigüedad que, años después, ante el asesinato de Darío por el sátrapa Bessos, el príncipe Oxartes, hermano de Darío, renunció a sus derechos al trono (aunque, evidentemente, hubiera tenido que pelearlo con el macedonio, que no era moco de pavo) y se sometió a Alejandro para poder vengarse personalmente de Bessos.
En la actualidad no somos conscientes de la importancia de esta cuestión, que ha llegado debilitada hasta nosotros en las venganzas sicilianas, calabresas, gitanas, etc...
Los éxitos que habían asustado a Atalo consistían en que Alejandro, a la velocidad del rayo, se dirigió había el centro de Grecia.
Para ello, tuvo que atravesar una Tesalia hostil, que había apostado un destacamento entre las laderas del monte Ossa y las del mítico Olimpo. Al otro lado del monte Ossa, un barranco descendía abruptamente hasta el mar, y resultaba infranqueable para un ejército.
Sin embargo el macedonio mandó tallar escalones en la montaña y pasó tropas al otro lado de los tesalios. La cara del militar tesalio Caridemo cuando vio surgir un destacamento macedonio a su retaguardia como por arte de magia (los tesalios eran muy supersticiosos, creían en brujas y cosas de esas) debió ser un poema, y se rindió sin presentar batalla. Alejandro convocó la Liga Tesalia y se hizo jurar fidelidad.
Los atenienses y tebanos, que estaban aún oyendo discursos inflamados de Demóstenes, se aterrorizaron y se apresuraron a mandar embajadas renovando los votos que habían contraído hacia Filipo, para hacerse perdonar la acción de gracias que Demóstenes había hecho votar a Pausanias.
Alejandro se portó magnánimamente: convocó una conferencia en Corinto, declaró que la empresa contra Persia seguía en pie y fue proclamado jefe militar de la misma.
Alejandro volvió a Macedonia, para enterarse con disgusto (hay pruebas de ello) de que su madre había obligado a matarse a la joven esposa de Filipo y a su bebé.
Pero tenía más problemas que atender. El norte estaba en pie de guerra, y en cuanto se pudo (pasado el invierno) se lanzó contra las duras tribus guerreras, llegando a pasar el Danubio: el objetivo era pacificar la zona durante unos años, y lo consiguió en pocos meses.
Tebas era la capital de Beocia, una región predominantemente llana que era como la llave, puerta de entrada al Ática y a Atenas; mientras Beocia resistiese Atenas estaría a salvo. Los beocios eran considerados por los griegos como los más palurdos de entre ellos, y parece ser que se contaban chascarrillos entre ellos en los que los tebanos tomaban el papel de catetos. No es difícil imaginarse que muchos chistes empezaban por “¿Saben aquel que diu, que va un beocio y... ?”.
La derrota de los espartanos a manos de los tebanos en 371 A.C. no había traído corrientes de agradecimiento de los atenienses, que siempre se consideraron más inteligentes, y llevaban mal deber su libertad a los catetos, y la alianza contra Filipo de ambas ciudades tuvo más de necesidad que de devoción.
Los beocios, haciendo honor a su fama de pardillos, atacaron a la guarnición macedonia (que tuvieron que admitir tras la batalla de Queronea), que se encerró en la Cadmea (ciudadela que no estaba protegida por su altura como la Acrópolis, sino por una formidable muralla, cuyas ruinas se muestran en la fotografía inferior)) y esperó auxilio exterior.
A todo esto, Alejandro, que estaba poco muerto, solucionó sus problemas en el Danubio y bajó a la velocidad del rayo contra Grecia, recogiendo al paso tropas aliadas en la Confederación griega (foceas, tespias, plateas y otras).
Demóstenes, con su prodigiosa clarividencia, siguió choteándose de sus rivales (hay pruebas de que en algunos discursos le dio por muerto y dijo que el nuevo rey era Alejandro de Lincestis; en otros llamaba “niñato” "mozalbete" o "criatura" a Alejandro, y llegó a mandarle una pelota y un látigo de juguete para que se entretuviese) pero los atenienses, escarmentados, no hicieron caso a sus cuchufletas y, más prudentemente que los beocios, no pusieron a su ejército en pie de guerra.
Alejandro llegó ante Tebas y acampó (había hecho una estimable media de unos 35 kilómetros por día) . Dado que quería mantener la unidad griega y no luchar contra ellos como enemigos, ofreció la paz a los tebanos, a cambio de que entregaran a los jefes del partido antimacedonio (en
Los beocios, “astutos” ellos, ofrecieron la paz al ejército sitiador a cambio de que Alejandro entregara a varios generales macedonios. Pese a la evidente provocación, y a que una incursión al campamento macedonio causó la muerte de varios soldados, Alejandro no atacó; posiblemente confiaba en que los tebanos entraran en razón sólos, o que el partido pacifista de la ciudad se impusiera.
Todos los historiadores están de acuerdo en que dentro de Tebas había un partido “pacifista” (el oligarca; el democrático, que lógicamente no quiere decir lo mismo que ahora, era antimacedonio), y Alejandro pensó que dando tiempo al tiempo, cuando los tebanos se diesen cuenta de su situación, terminarían imponiéndose los contrarios a la guerra.
De hecho, Atenas había cerrado sus puertas sin mandar auxilio a Tebas, y Demóstenes pareció afecto de una extraña afonía: no protestó.
Lo que sigue es un poco confuso. Pérdicas, jefe militar macedonio de la edad de Alejandro (poco más de 20 años, recordemos) lanzó un ataque contra la empalizada exterior tebana y la forzó, abriéndose paso hacia la interior.
Arriano lo relata como una imprudencia de Pérdicas, pero la fuente de Arriano es Tolomeo, y cuando Tolomeo escribió su diario se ensalzó a sí mismo y denigró a otros diadocos. Pérdicas tenía un mando superior a otros amigos de Alejandro lo que hace pensar en unas mayores dotes militares.
Posiblemente vio una debilidad entre las defensas tebanas, lo que explica que pudiese forzar la primera muralla. Quizás una señal de la Cadmea le advirtió de la debilidad... no se sabrá nunca.
El caso es que los refuerzos tebanos llegaron donde la batalla y pusieron en tan grave aprieto a los macedonios, hiriendo a Pérdicas, que la cosa pintó muy mal para éstos.
Pero, evidentemente, Alejandro no se estuvo quieto. Parece seguro que el ataque de Pérdicas no fue orden suya, pues de haberlo sido hubiera estado todo organizado. Pero no lo estaba. Puso en orden el ejército, hizo evacuar a Pérdicas, y –he aquí la genialidad- no trató de aprovechar la cabeza de puente. Dejó que los macedonios de Pérdicas se retirasen confusamente fiándose en que los tebanos saldrían a perseguirlos, cosa que hicieron, para encontrarse con las masas de hipaspistas macedonios, que los arrollaron.
La táctica de fingir una retirada (sólo que aquí no la fingió; tuvo la sangre fría de esperar la inevitable derrota de Pérdicas y sus hombres) ya había sido útil en Queronea y el propio Alejandro en Iliria contra los escitas y los peliastas y otras tribus.
El combate posterior, con los tebanos de la ciudad indecisos entre abrir las puertas a los compatriotas fugitivos (lo que suponía abrirlos a los perseguidores) o cerrarlas dejando que fueran masacrados, y empeorado con un ataque de la guarnición de la Cadmea, que pilló a los tebanos entre dos fuegos, acabó con una batalla casa por casa y una masacre en la que Tebas fue conquistada y sus habitantes, muertos o capturados.
lunes, 23 de marzo de 2009
479 A. C: LA OLVIDADA PLATEA (II) LA BATALLA
El caso es que los espartanos escucharon la llamada de los atenienses, bien es cierto que en su propio beneficio. Una fuerza de 5000 espartiatas, la mayor que nunca había salido de su polis, cruzó el istmo. Sumados periecos (ciudadanos libres de las ciudades cercanas de Esparta) e ilotas, y con el resto de aliados griegos, Heródoto calcula unos 110000 combatientes, aunque las modernas estimaciones rebajan la cifra a unos 40000.
Los persas habían elegido el campo de batalla, cerca de la antigua ciudad de Platea; para ellos era una buena noticia que, ya que no habían conseguido dividir a los griegos, al menos se iba a combatir en terreno abierto. Heródoto da una cifra de 300000 para ellos y los beocios y optros griegos coaligados, pero seguramente exageraba; los modernos estudiosos rebajan a 80000-100000; con todo, Mardonio tenía clara superioridad numérica, y la ventaja de la caballería persa, que los griegos no habían conseguido aún neutralizar.
Al inicio de la batalla, escalonadas a lo largo de las estribaciones del Monte Citero, y empezando al Este de Platea, se encontraban Atenienses, Megarenses, Peloponesos, Tegeos y Espartanos, bajo el mando de Pausanias.
Los Persas, que ya habían llegado antes, se encontraban al otro lado del río Asopo, en un campo fuertemente atrincherado y fortificado, frente a un llano despejado según órdenes de Mardonio. El segundo al mando, Artabazo, según nos refiere Heródoto, no estaba de acuerdo con presentar batalla.
Heródoto relata que los ejércitos estuvieron varios días acampados uno frente al otro, con duras escaramuzas pero sin entablar batalla. Fiel a su estilo, Heródoto cuenta que había un presagio que daba por perdedor de la batalla a quien atacara, y por vencedor a quien defendiera, pero como en este blog no creemos en presagios ni milagros, la explicación parece más sencilla.
Los persas esperaban que los griegos bajaran de sus montes para cruzar el río, momento especialmente vulnerable, donde podrían ser atacados y debilitados para luego acabar con ellos en las planicies al norte del Asopo.
Por su lado, los griegos esperaban que los persas, fiados en su superioridad numérica, trataran de atacar su posición en el Monte Citero, perdiendo así sus ventajas.
Durante los días de tanteo, Mardonio, que era un excelente estratega, mandó a fuerzas de caballería para castigar las tropas griegas, posiblemente con la idea de desencadenar un ataque en respuesta. Tras unos éxitos iniciales, la caballería persa perdió a su jefe, Masistio, y a fin de cuentas no pudo conseguir sus objetivos debido a lo accidentado del terreno en que se movían.
Los griegos recibieron ésto como una victoria, y adelantaron sus líneas un tanto, si bien no dejaron la protección de las laderas del monte ni cruzaron el río.
Mardonio, por su parte, trató de conseguir la derrota del enemigo a través de la captura de sus líneas de aprovisionamiento, y efectivamente, los jinetes y arqueros persas consiguieron eliminar una columna entera de suministros, mientras que, por otro lado, cegaron la fuente Gargafia, situada bajo el monte Citero, y principal fuente de agua para los griegos.
Fue el momento más crítico para los griegos. Temiendo una derrota casi sin llegar a combatir, acosados por la caballería, sin agua y alimentos, Pausanias ordenó una retirada escalonada a Platea, con el fin de aprovisionarse.
Los atenienses y megarenses aprovecharon el cese nocturno de los ataques de la caballería para iniciar la marcha. Si todo hubiera ido como debía, la retirada debería haber concluido antes de la mañana del día siguiente, 27 de Agosto, pero cuando llegó el turno de los espartanos,
Mardonio ordenó a la infantería persa cruzar el Asopo y atacar a los rezagados espartanos y tegeos, mientras apostaba a los beocios y demás griegos pro-persas en el camino hacia Platea, para evitar que los atenienses, peloponesos y megarenses volviesen sobre sus pasos a prestar ayuda a Pausanias.
Efectivamente, aunque el comandante supremo espartano ordenó volver a sus aliados, éstos no pudieron superar a los tesalios y beocios, y los espartanos y tegeos tuvieron que enfrentarse a los persas en una angustiosa inferioridad numérica. A pesar de ello, y de haberse visto sorprendidos, lucharon desesperadamente, tratando de hacer valer su mejor entrenamiento (eran la única tropa griega más profesionalizada que la infantería de los persas) y mejor equipamiento.
Poco a poco, espartanos y tegeos, combatiendo disciplinadamente, como una unidad, fueron superando a los persas. En ujn momento dado, Mardonio cayó muerto y, sin su comandante, el frente se hundió. El pánico se apoderó de los persas, que huyeron a refugiarse en el fuerte.
Mientras tanto, el ala derecha persa cedió también ante atenienses, megarenses y peloponesos. Beocios y tesalios, con las demás tropas filopersas se dieron a la fuga. La reunificación del ejército griego permitió que las defensas del fuerte fueran superadas, y todos los ocupantes (a decir de Heródoto) fueron muertos o cogidos prisioneros.
Algunos han dudado del relato de Heródoto, siempre presto a dejar en buen lugar a los atenienses, y han dudado de la historia de Amonfáreto, sugiriendo que la retirada fingida pudo ser una estratagema de Pausanias para provocar el ataque persa. Se apoyan en que el resultado de la acción y el comportamiento de las unidades espartanas y tegeas no sugieren sorpresa, por el contrario, su disciplina fue admirable. En cambio, los opuestos a esta teoría opinan que el riesgo corrido por Pausanias, de ser un truco, es inaceptable: en el siglo V A.C. resultaba imposible, aún para los espartanos, asegurar que se podía concebir y llevar a cabo todo el plan; existían muchas posibilidades de ser aplastados y perder todo el ejército.
En algunas fuentes de origen ateniense se intentó minimizar el papel espartano presentando al contingente ateniense superando al ala derecha persa a tiempo de socorrer a un Pausanias a punto de perecer con todos los suyos, pero ésto no es cierto. En esta jornada, fueron los espartanos y tegeos los que lograron papel más destacado.
Como curiosidad, recordaremos que Aristodemo, uno de los dos espartanos que, se dice, sobrevivieron a las Termópilas (en otra entrada relataremos su historia), combatió en Platea y, deseoso de lavar su honor, se dice que fue él el primero en cargar contra la infantería persa. Sea cierto, o no, lo cierto es que, aunque Heródoto le destaca como "el hombre más valiente del día", sus conciudadanos consideraban una grave desobediencia romper la formación, poniendo en peligro a toda la línea, y ni él ni sus hijos fueron señalados con ninguna distinción especial por esta batalla.
domingo, 22 de marzo de 2009
479 A. C. LA OLVIDADA PLATEA (I): JERJES VUELVE A CASA... POR NAVIDAD
Exageran el poder del enemigo vencido, disminuyen el suyo propio (antes de una batalla) o aumentan lo logrado en tiempos de paz, dan sus razones para obrar como lo hicieron, y deslizan maliciosas insinuaciones o anécdotas vergonzantes a expensas del enemigo.
Pero, también, quien domina la fuente de información, puede hacer resaltar su importancia frente a la de sus aliados; o presentar sus razones como más nobles.En el caso de las Guerras Médicas, cuyo principal historiador, Heródoto de Halicarnaso, presenta una sospechosa inclinación hacia su patria de nacimiento, así como a su patria de agogida, Atenas. Como, por otra parte, el centro historiográfico de la Grecia clásica y Antigua fue, por mucho tiempo, la propia Atenas, nadie disputó muchas de las nociones que nos llegaban del "Padre de la Historia"
Así, por ejemplo, durante muchos siglos se ha enseñado, a los estudiantes, la importancia de Salamina como batalla que hundió el poderío persa en la II Guerra Médica, acompañando a Termópilas como hito heroico y simbólico, y se ha minimizado la importancia de Platea, que prácticamente se consideraba una batalla menor, en el que un ejército de hoplitas habían derrotado a los restos del ejército de Jerjes, desmoralizados y casi vencidos antes de empezar. La realidad, como veremos ahora, es muy otra.
Situémonos al día siguiente de Salamina. Eso sería, se cree, el 24 de Septiembre de 480 A.C. La flota persa, desde luego, había sufrido un durísimo castigo, y es razonable pensar que había perdido aproximadamente la mitad del poder naval con el que vino a Europa. Es decir, si creemos a los historiadores de la antigüedad (Heródoto, Diodoro, Éforo, Plutarco, etc) y teniendo en cuenta que parte de las pérdidas habrían sido reemplazadas por flotas de Tracia e islas de alrededor, es razonable pensar que el Gran Rey podía contar aún con cerca de 600 barcos de guerra en la zona. Eso sobrepasaba, sobradamente, los 300 o 350 barcos de la Liga Panhelénica, aunque podemos imaginar que los persas salieron escocidos de sus batallas navales con los griegos y no tendrían muchas ganas de volver a probar espolones.
Otra cosa muy distinta es el ejército de tierra. Sin pensar en la millonada que nos ha hecho llegar Heródoto, lo cierto es que el número de efectivos infundía pavor a sus enemigos, y en su camino hasta el ática había ido subyugando, una por una, a las ciudades al paso. la escaramuza de Termópilas, por desproporcionado que fuera el esfuerzo que hubo que hacer para vencer a Leónidas, no supuso ningún daño de consideración.
Tenemos, pues, un ejército invicto (por el momento) y una flota seriamente dañada, pero aún superior en efectivos a la de los griegos.
"De miedo, pues, que tuvo de no verse a peligro de perecer cogido así en Europa,
decidió la huida" (Herodoto, VIII, XCII)
la muralla de 6 kilómetros que se había construido a lo largo del istmo. Si pensamos en las pérdidas persas ante Leónidas, entendemos también que Jerjes contemplara con cierta reticencia la idea de dar el asalto a unas fortificaciones defendidas por varias decenas de miles de hoplitas.No por ello le entró el pánico ni se estuvo ocioso. Heródoto, aunque lo achaca a disimulo, cuenta:
Pero no queriendo que nadie ni de los griegos ni de sus propios vasallos penetrase sus designios, empezo a formar un terraplén hacia Salamina, y junto a él mandó unir puestas en fila unas urcas fenicias, que le sirviesen de punte y de baluarte como si se dispusiese a llevar adelante la guerra y dar otra vez batalla naval.
Mardonio no estaba dispuesto a enfrentar su fuerza contra la muralla de Corinto, protegida por los combativos peloponesios. Se conocían por entonces los arietes, como queda de manifiesto por algunos relieves asirios, pero su uso era sumamente arriesgado contra tropas disciplinadas como los espartanos, y menos aún cuando no se trataba de una muralla de ciudad, sino de campo abierto.
La opción preferida fue intentar romper la unión de los griegos. Los atenienses, que habían vuelto a su destruida ciudad, recibieron al rey de Macedonia, Alejandro (no el Magno, evidentemente) quien transmitió la oferta de Mardonio en caso de abandonar la Confederación: reconstrucción de la ciudad por cuenta del Gran Rey, mantenimiento de su territorio y aún ampliarlo con aquellos territorios que pidiesen al Rey.
Pero, por otro lado, la defección ateniense, y la unión de la flota al bando persa, o al menos su neutralidad, dejaría abierta la costa al desembarco del enemigo, con las gravísimas consecuencias que podemos imaginar.
Como hemos visto, Salamina no había sido la batalla definitiva que, posteriormente, la propaganda ateniense presentó. En términos televisivos, la situación se presentaba más que interesante. En términos deportivos, la partida estaba abierta.
sábado, 21 de marzo de 2009
ALEJANDRO Y LA MUERTE DE SU PADRE (y II)
Pausanias casi logró escapar, pero tropezó con unas viñas y cayó largo. Los primeros hombres que llegaron hasta él, Pérdicas y Leonato (dos amigos y posteriormente generales de Alejandro) lo mataron, aunque no todas las fuentes se muestran de acuerdo. Algunos cuentan que fue arrastrado de vuelta al teatro, donde fue ejecutado sumariamente por los nobles macedonios (veremos, en alguna entrada de este blog, que los crímenes de traición, entre los militares macedonios, no eran juzgados por el rey, sino por el ejercito). Si Pausanias no fue muerto en el momento de su detención, pudo haber una especie de juicio sumarísimo allí mismo (testigos, nacionales y extranjeros, había a patadas) y una ejecución sin demora.
En realidad, no resulta nada extraño que, ante un regicidio, los guerreros macedonios reaccionaran brutalmente ante el crimen de Pausanias. Los historiadores que opinan que es extraña la reacción de Pérdicas y Leonato están juzgando desde el punto de vista actual, donde hay un Poder Judicial independiente, unas fuerzas policiales que se conocen la legislación al dedillo, que tienen prohibido maltratar a los detenidos, que todos sabemos que hay que garantizar un juicio justo, etc. Pero deberían recodar que, incluso en el mundo contemporáneo, magnicidios como los de Alfonso XIII, (fracasado) Francisco Fernando de Hagsburgo, Sadat de Egipto, se saldaron con intentos de linchamiento de los autores, cuando les pudieron echar el guante las enfurecidas masas.
Otro punto que casi no se ha comentado: Alejandro, todas las fuentes están de acuerdo, estaba desarmado. Si sabía que iban a asesinar a su padre, no cabe duda que planearía dar un golpe de efecto y ser coronado rey, como ocurrió en realidad. Sin embargo, fue un momento muy peligroso, en el que podría estallar un motín; en la violenta historia de la monarquía macedonia, no hubiera sido la primera vez...
Más motivos: la oportunidad del momento. Es posible que Alejandro no tuviese aprecio por su padre, y quizás anhelaba que más bien pronto le dejase el campo libre. Pero de ahí a matarlo... Y de ser así ¿hacía falta matarle delante de toda Macedonia, medio Epiro, y media Grecia? En muy poco tiempo, los macedonios partirían hacia Persia, a una empresa en la que pasarían más peligros que en toda su vida. Tendría mil y una posibilidades de cometer su asesinato y hacerlo pasar por un hecho de guerra.
Psicológicamente, el perfil de Alejandro hace casi imposible su responsabilidad en el crimen: aún suponiendo que no le creyese su padre biológico, Alejandro no fue nunca el tirano oriental, matando “conspirativamente”, que la propaganda ateniense quiso presentar (espero hablar algún día de la muerte de Parmenión, Filotas, Kleitos, etc, y veréis lo que quiero decir), y menos lo sería a los veinte años. Las muertes achacables a Alejandro lo fueron en el calor de la batalla o de la bronca, o de manera legal, a la luz pública, en su función de rey. Nunca se le conoció ni una muerte como la de Filipo. De haberlo hecho, y viendo cómo se comportó ante otras muertes, sin duda los remordimientos le hubieran vuelto medio loco.
En mi opinión, el culpable más probable era Demóstenes, que hacía tiempo actuaba, no sólo por Atenas, sino también abundantemente estimulado por el oro persa (se encontraron tablillas de pagos persas a Demóstenes por sumas de dineros inmensas). Nada hay que añadir sobre el odio de Demóstenes, personal y también profesional: no cabe ninguna duda de que Demóstenes creía que la muerte de Filipo favorecería a Atenas, era lo mejor que le podía pasar, y que se trataba de un individuo sin escrúpulos cuando se trataba de cumplir lo que creía su destino.
El que Demóstenes propusiera e hiciera aprobar un voto de agradecimiento a Pausanias no tiene valor probatorio: es evidente que pudo hacerlo impulsado por el odio y la alegría, aunque no tuviera nada que ver; Demóstenes consideraba a Alejandro un mozo fatuo e inhábil (pese a que su comportamiento en Queronea, y luego llevando las negociaciones en nombre de su padre, debiera haberle mejorado la percepción del asunto).
La manera más rápida de comunicar información en la Grecia del siglo IV A. C. era mediante hogueras encendidas en cumbres montañosas con visibilidad de una a otra. Evidentemente, eso podía sólo servir para comunicar una noticia ya esperada. Y es la única manera por la que Demóstenes pudo haber sido informado de la muerte de su enemigo a tiempo para comunicarlo a los atenienses. Todas las demás formas, relevos, postas, etc, nunca hubieran sido suficientemente veloces. Y, evidentemente, si Demóstenes la esperaba, es porque habia participado en ella, como instigador como mínimo.